miércoles, 30 de enero de 2019

ESTUDIOSIDAD


ESTUDIOSIDAD: Es la virtud que modera el deseo de conocer (Cf. II-II, 166). Realiza dos cosas principalmente: primero, refrenar y ordenar el deseo excesivo de conocimiento; segundo, estimular este deseo cuando es indeficiente[1]. 

Toda sabiduría viene de Dios, y está con él para siempre (Eclo 1, 1).

Los vicios contrarios
A la estudiosidad se opone por exceso, la curiosidad, y por defecto, la negligencia.
La curiosidad es un deseo desordenado de conocimiento (Cf. II-II, 167). El deseo de conocimiento puede ser desordenado por distintos motivos. En cuanto al fin buscado, cuando se busca el conocimiento para ensoberbecerse o para pecar. En cuanto al mismo deseo desordenado: “cuando por el estudio de lo menos útil uno se retrae del estudio más necesario… cuando uno se afana por aprender de quién no debe… deseando conocer la verdad sobre las creaturas sin ordenarlo a su debido fin, es decir, al conocimiento de Dios…” (II-II, 167, 1, c).
La curiosidad se dirige principalmente al conocimiento de lo sensible. Su atención se detiene en cosas vanas o con intenciones malas, como en la contemplación de las mujeres para desearlas, o en la vida de los otros para denigrarlos o menospreciarlos. La curiosidad busca principalmente el conocimiento que satisfaga su sensualidad.

El conocimiento llena de orgullo, mientras que el amor edifica (I Cor 8, 1).

            El defecto de la curiosidad es la negligencia o pereza, por la que se evita el conocimiento de la verdad por el trabajo y esfuerza que implica.


[1] “Por parte del alma, el hombre se inclina a desear conocer las cosas, y por eso le conviene refrenar este apetito, para no desear ese conocimiento de un modo inmoderado. Pero por parte de su naturaleza corpórea, el hombre tiende a evitar el trabajo de buscar la ciencia… respecto de lo segundo, el mérito de esta virtud consiste en estimular con vehemencia a participar de la ciencia de las cosas…” (II-II, 166, 2, rta 3).

ESPERANZA


ESPERANZA: Es la virtud por la que se espera de Dios la Bienaventuranza eterna y el auxilio que a ella conduce (Cf. II-II, 17). “La esperanza hace tender hacia Dios como bien final que hay que alcanzar y como ayuda eficaz para auxiliarnos” (II-II; 17, 6, rta 3)[1].

La esperanza que nosotros tenemos, es como un ancla del alma, sólida y firme, que penetra más allá del velo, allí mismo donde Jesús entró por nosotros como precursor (Heb 6, 19). Alégrense en la esperanza (Rom 12, 12).

La esperanza y la fe
“El acto de la esperanza presupone la fe” (II-II, 17, 6, rta 2). “El objeto de la esperanza es un bien futuro, arduo y posible. Por tanto, para esperar algo es preciso que a la esperanza le sea presentado un objeto como posible… la fe nos hace conocer que podemos llegar a la bienaventuranza eterna, y que para ello nos está preparado el auxilio divino” (II-II, 17, 7, c). A la vez, por la esperanza el hombre “se estabiliza y perfecciona en la fe” (II-II, 17, 7, rta 1).  
La esperanza se apoya en la firmeza de la fe. La fe otorga a la esperanza la certeza sobre la “omnipotencia y misericordia divinas, por la cual, quién no tiene la gracia, puede conseguirla, y así llegar a la vida eterna” (II-II, 18, 4, rta 2). El hombre esperanzado estima rectamente que de Dios “proviene la salvación de los hombres y el perdón de los pecados” (II-II, 20, 1, c).

Sé en quien he puesto mi esperanza y estoy convencido de que él es capaz de conservar hasta aquel Día el bien que me ha encomendado (II Fil 1, 12).

La esperanza y la caridad
La esperanza se relaciona con la caridad de dos modos. Primero, en cuanto la esperanza conduce a la caridad, porque el hombre, “esperando de Dios la remuneración, se mueve a amarle y a guardar sus mandamientos” (II-II, 17, 8, c). Segundo, en cuanto la esperanza es perfeccionada y fortalecida por el amor, ya que, con el amor, “el hombre espera de Dios el bien como de un amigo” (II-II, 17, 8 rta 2), y siempre “esperamos más de los amigos” (II-II, 17, 8, c).  

Vicios contrarios a la esperanza
A la esperanza se oponen la desesperanza y la presunción.
Por la desesperanza se deja de aguardar en Dios la salvación, y “los hombres se lanzan sin freno en el vicio y abandonan todas las obras buenas” (II-II, 20, 4, c). La desesperanza proviene de una falsa apreciación de Dios y de su gracia, tanto de modo universal como particular. La falsa estimación universal consiste en pensar que Dios “niega el perdón a quién se arrepiente, o que no convierte a sí a los pecadores por la gracia santificante” (II-II, 20, 1, c). Por la falsa estimación particular el hombre piensa que “para él, en su situación actual, no hay lugar para el perdón” (II-II, 20, 2, c), aunque crea posible para otros la misericordia divina.
La desesperanza tiene dos causas. Primero, la afición desordenada por los placeres corporales, principalmente la lujuria, por los que se “pierden el sabor de los bienes espirituales o no parecen grandes” (II-II, 20, 4, c). Segundo, la acedia, que abate el espíritu, y le hace creer al hombre que “nunca podrá aspirar a ningún bien” (II-II, 20, 4, c).

No quiero la muerte del pecador, sino que se convierta y viva (Ez 33, 11).

La presunción confía desmedidamente en la misericordia divina y se desprecia su justicia (Cf. II-II, 21). El presuntuosos estima falsamente que Dios “concede el perdón a quienes perseveran en el pecado y da la gloria a quienes desisten de obrar el bien” (II-II, 21, 2, c). La persona presumida “peca con propósito de permanecer en el pecado y con esperanza de perdón” (II-II, 21, 2, rta 3). “Espera obtener la gloria sin mérito, y el perdón sin arrepentimiento” (II-II, 21, 4, c).
El origen de la presunción es la soberbia, por la que “el hombre se tiene en tanto, que llega a pensar que, aun pecando, Dios no le ha de castigar ni le ha de excluir de la gloria” (II-II, 21, 4, c).


[1] “La esperanza hace que el hombre se adhiera a Dios en cuanto principio de perfecta bondad, es decir, en cuanto por ella nos apoyamos en el auxilio divino para conseguir la bienaventuranza” (II-II, 17, 6, c).

EPIQUEYA


EPIQUEYA: Es la virtud que se aparta de la ley, cuando esto es necesario, según la recta justicia en el obrar, porque “seguir la ley cuando no conviene, es vicioso” (II-II, 120, 1 rta 1).
La epiqueya regula las excepciones a la ley de acuerdo a las circunstancias de cada caso (Cf. II-II, 120). “La epiqueya es como una norma superior de los actos humanos” (II-II, 120, 2, c). Es la virtud por la cual cumplimos el espíritu de las leyes, y no solo su letra.
“Los actos humanos, sobre los cuales se dan las leyes, consisten en cosas contingentes, las cuales pueden variar de infinitos modos, y no es posible establecer una regla de ley que no fallase en alguno de los casos. Los legisladores legislan según lo que sucede en la mayoría de los casos, pero observar siempre la ley en todos los casos va contra la equidad y contra el bien común… por ejemplo, la ley que ordena que se devuelvan los depósitos, porque esto es normalmente lo justo, puede a veces ser nocivo: pensemos en un loco que deposito su espada y la reclama en su estado de demencia, o si uno exige lo que deposito para atacar a la patria. Por tanto, en estas y similares circunstancias, sería pernicioso cumplir la ley a rajatabla; lo bueno es, dejando a un lado la letra de la ley, seguir lo que pide la justicia y el bien común” (II-II, 120, 1, c).
Entonces, “la epiqueya no se aparta de lo que es justo, simplemente, sino de lo justo que determina una ley particular positiva. Tampoco se opone a la severidad, que es inflexible cuando es necesario cumplir la ley” (II-II, 120, 1, rta 1).

DULIA


DULIA: Virtud por la que se rinde honor a la excelencia superior de alguien[1].
Esta se realiza “por medio de palabras, como cuando uno pregona la excelencia de otro; o mediante hechos, como inclinaciones, saludos, etc.; o también mediante cosas exteriores, por ejemplo en la ofrenda de obsequios o regalos, o en la erección de estatuas, etc.” (II-II, 103, 1, c).   

Excelencia por dignidad o virtud
La excelencia implica una dignidad de gobierno o una virtud. A las personas constituidas en dignidad se las honra principalmente a causa su dignidad; también a causa de su virtud, cuando esta es manifiesta[2].
A los virtuosos se los honra a causa de su virtud. En este sentido la honra puede extenderse a todos, ya que “en cualquier hombre hay algo por lo que se lo puede considerar superior, según aquellas palabras de Flp 2, 6: pensando cada uno por humildad que los otros son superiores a él. Y, según esto, todos deben buscar ser los primeros en honrar a los demás” (II-II, 103,2, rta 3)[3].

“Anticípense en el honor los unos a los otros” (Rom 12, 10); “Honren a todos” (I Pe 2, 17).

Dulía, hiperdulía, latría
Según el orden de superioridad, se distingue: dulía, hiperdulía y latría. Por la dulía se rinde honor a un superior humano; por la latría “se rinde la debida servidumbre al señorío divino” (II-II, 103, 3, c). La “hiperdulía es medio entre la dulía y la latría, pues con ella se honra a las criaturas que tiene una especial afinidad con Dios; por ejemplo, a la Virgen Santísima” (II-II, 103, 4, obj 2)[4].

“No esperan recompensa para la virtud, ni valoran el premio de una vida intachable; pues Dios creó al hombre para la inmortalidad, y lo hizo a su imagen y semejanza” (Sab 2, 22-23).



[1] El honor se debe a una excelencia superior de alguno. Pero “la excelencia de alguien puede considerarse no sólo por comparación entre la persona honrada y la honradora… sino que ha de ser considerada también en sí misma o con relación a otros… Así pues, no es necesario que la persona honrada destaque por su excelencia sobre quién la honra, sino que basta con que sea superior a otros; o incluso con que, aunque no en todo, sino solamente en algo, sea superior a quién la honra” (II-II, 103, 2, c). 

[2] “Si los superiores son malos, no se los honra por la excelencia de su virtud, sino por la de su dignidad, que es a la que deben el ser ministros de Dios. Y en ellos se honra también a todo la comunidad que presiden” (II-II, 103, 2, rta 2).

[3] Incluso los superiores deben honrar la virtud de alguno cuando esta existe (Cf. II-II, 103, 2, rta 4). 
[4] La hiperdulía “es la especia más importante de dulía en sentido amplio. Pues al hombre se le debe la máxima reverencia por su afinidad con Dios” (II-II, 103, 4, rta 2). 

CLEMENCIA


CLEMENCIA: Es la virtud que modera el castigo externo de un superior a un inferior (Cf. II-II, 157). La clemencia “tiene a aminorar los castigos según la recta razón, es decir, cuando y como conviene” (II-II, 157, 2, rta 1), e impide “un castigo más duro del debido” (II-II, 157, 1, rta 2).
“La clemencia disminuye el castigo atendiendo a algunas circunstancias particulares, como considerando que no hay que castigas más al hombre” (II-II, 157, 2, rta 2); implica “moderación del afecto al utilizar el poder de infligir las penas” (II-II, 157, 3, rta 1).

Dios mismo, en persona, los salvó; por su amor y su clemencia, el mismo los redimió (Is 63, 9).

“La clemencia, por el hecho de disminuir los castigos, parece acercarse en gran medida a la caridad, que es la más excelente de las virtudes, al hacer que practiquemos el bien al prójimo y evitemos el mal del mismo” (II-II, 157, 4, c). 
“Del hecho del que el hombre ame a otro se deduce que no le agrada el castigo de este, a no ser en orden a conseguir otra cosa: la justicia, por ejemplo, o la corrección del que sufre el castigo. Por eso es producto del amor el hecho del que el hombre esté dispuesto a aminorar los castigos” (II-II, 157, 1, rta 2).


Vicio contrario

A la clemencia se opone la crueldad y la remisión.
“La crueldad es un exceso de castigo” (II-II, 157, 1, rta 3)[1].
Por defecto, se opone a la clemencia la remisión o disolución, que omite el orden de la justicia en la aplicación de las penas (Cf. II-II, 159, 2, rta 3).

Cruel es el furor, agua desbordada la ira (Pr 27, 4).    


[1] “El nombre de crueldad parece que se ha tomado de crudeza. En efecto, de igual modo que los manjares cocidos y sazonados suelen tener un sabor dulce y agradable, así también los crudos tienen un sabor áspero y desabrido. Ya dijimos antes (q.157 a.3 ad 1; a.4 ad 3) que la clemencia incluye cierta suavidad y dulzura de ánimo, que hacen que el hombre rebaje las penas. De ahí que la crueldad se oponga directamente a la clemencia” (II-II, 159, 1, c).


CASTIDAD


CASTIDAD: Es la virtud que modera el deseo de placer sexual (Cf. II-II, 151).
“La concupiscencia del placer se asemeja mucho a un niño, en cuanto que nos es connatural la tendencia a lo deleitable, sobre todo de lo deleitable al tacto, cuyo fin es la conservación de la naturaleza. De ahí que, si la concupiscencia se alimenta con el deseo de estos objetos deleitables por el hecho de consentir en ellos, aumentará en gran proporción, como el niño que se deja a su capricho… Y de ahí que la castidad se ocupe principalmente de estos deseos” (II-II, 151, 2, rta 2).
A la castidad pertenece especialmente el pudor[1].

Fueron comprados a precio. Por tanto, glorifiquen a Dios en su cuerpo (I Cor 6, 20).

Vicio contraria
A la castidad se opone por exceso la lujuria, y por defecto la insensibilidad.
La insensibilidad es un deseo deficiente de placer venéreo. Este vicio omite los deberes conyugales[2] y atenta contra el bien común despreciando la conservación de la especia.
La lujuria es el deseo desordenado de placer venéreo.
“El vicio de la lujuria hace que el apetito inferior, el concupiscible, se ordene de un modo vehemente a su objeto propio, lo deleitable, debido a la impetuosidad del deleite. De ello se sigue, lógicamente, que las potencias superiores, entendimiento y voluntad, se sientan altamente desordenadas por la lujuria” (II-II, 153, 5, c). De aquí se sigue: la ceguera mental, la precipitación, la inconsideración, el egoísmo, la desesperanza…, las palabras necias, torpes, jocosas… (Cf. II-II, 153, 5).
Como especies de lujuria tenemos: fornicación[3], estrujo, rapto, adulterio, incesto, sacrilegio, los pecados antinaturales… (Cf. II-II, 154).

El que siembre en carne, de la carne cosechará corrupción (Gal 6, 8).


[1] “El nombre de pudicicia procede de pudor, en el que va incluida la vergüenza. Por eso conviene que la pudicicia se ocupe propiamente de aquellas materias de las que más se avergüenzan los hombres. Y de lo que más se avergüenzan es de los actos venéreos, como dice San Agustín en XIV De Civ. Dei 19, hasta tal punto que incluso el acto conyugal, al que el matrimonio ennoblece, no deja de llevar consigo una cierta vergüenza. Esto sucede porque el movimiento de los órganos genitales no está sujeto al imperio de la razón, como lo está el movimiento de los otros miembros externos.
Pero el hombre no sólo se avergüenza de esa unión venérea, sino incluso de sus signos, como dice el Filósofo en II Rhet. 20. Por eso la pudicicia trata de un modo propio lo venéreo y, como los signos externos son los que más se ven, se ocupa particularmente de miradas impuras, besos y tocamientos, mientras que la castidad trata más de la unión venérea propiamente dicha. De ahí que la pudicicia se ordene a la castidad no como virtud distinta de ella, sino en cuanto que se ocupa de una circunstancia especial. Pero a veces se toman indistintamente” (II-II, 151, 4, c).

[2] “El vicio opuesto a la lujuria no es frecuente, porque los hombres son más bien propensos a la lujuria misma. Sin embargo, existe ese vicio y es la insensibilidad, que se da cuando se odia tanto el unirse a una mujer que se niega el débito a la mujer propia” (II-II, 153, 3, rta 3).

[3] “La fornicación simple lleva consigo un desorden que repercute en perjuicio de la vida de aquel que va a nacer de tal acto carnal… Es evidente que para la educación del hombre se requiere no sólo el cuidado de la madre que lo alimenta, sino mucho más el del padre, que debe educarlo, defenderlo y guiarlo. Por eso es contrario a la naturaleza humana el que el hombre practique indiscriminadamente el trato carnal, siendo preciso, por el contrario, que sea marido de una determinada mujer, con la que ha de permanecer no durante un corto período de tiempo, sino por mucho tiempo, incluso durante toda la vida. Por eso los padres tienen obligación de preocuparse de la seguridad de la prole como exigencia de su misma naturaleza, para educarla convenientemente. Esta seguridad desaparecería si se admitiera un trato carnal no definido. Esta concreción de una mujer se llama matrimonio, y por eso se dice que es de derecho natural” (II-II, 154, 2, c).

CARIDAD


CARIDAD: Es la virtud del amor de amistad con Dios (Cf. II-II, 23-46).Esta “amistad del hombre con Dios” (II-II, 23, 1, c) implica tres cosas (Cf. II-II, 23, 1): uno, benevolencia, esto es, querer el bien para el otro; dos, “reciprocidad de amor, ya que el amigo es amigo para el amigo” (II-II, 23, 1, c); tres, comunicación, que en la caridad es la comunicación de la bienaventuranza eterna.

Objetos de la caridad
Los objetos de la caridad son dos: Dios y el prójimo. Dios es objeto principal de la caridad; el prójimo es amado con caridad por Dios” (II-II, 23, 5, rta 1). “Con la caridad se ama a Dios por sí mismo. De ahí que en la caridad se tenga en cuenta una sola y única razón de amar a título principal, es decir, la bondad divina, que es consustancial con El según la Escritura: Dad gracias al Señor porque es bueno (Sal 105, 106, 117, 135). Los otros incentivos del amor que inducen a amar o que establecen el deber de amar son secundarios y derivados del principal” (II-II, 23, 5, rta 2).
Todas las cosas creadas deben amarse por caridad. “Aun la mínima caridad se extiende a todo lo que debe ser amado con ella” (II-II, 24, 5, c). Pero especialmente el prójimo. “Cuanto más se ama a Dios, tanto mayor se muestra el amor al prójimo, a pesar de cualquier enemistad. Es lo que sucede cuando se ama mucho a una persona, por este amor se ama también a sus hijos, incluso aunque fueran nuestros enemigos” (II-II, 25, 8, c).

Crecimiento de la caridad
“La caridad en la presente vida puede recibir aumento. Somos, en efecto, viadores porque caminamos hacia Dios, último fin de nuestra bienaventuranza. En este camino, tanto más adelantamos cuanto más nos acercamos a Dios, a quien nos acercamos no a pasos corporales, sino con el afecto de nuestra alma. Este acercamiento es obra de la caridad, pues por ella la mente se une a Dios. Por eso es condición de la caridad de la presente vida que pueda crecer, pues de lo contrario cesaría el caminar. Y ésta es la razón por la que el Apóstol llama a la caridad camino diciendo: Os indico un camino más excelente (1 Cor 12,31)” (II-II, 24, 4, c).
“La caridad no aumenta con cualquier acto, pero cada uno dispone a su aumento, en cuanto que un acto de caridad prepara mejor al hombre para ejecutar de nuevo un segundo acto, y, creciendo la habilidad, prorrumpe en acto de amor más fervoroso y con él consigue el progreso de la caridad; entonces se produce realmente su aumento” (II-II, 24, 6, c). Lo mismo pasa con “las muchas gotas que desgastan la piedra” (II-II, 24, 6, rta 3).
En esta vida la caridad perfecta que se puede dar habitualmente es aquella en que se ama a Dios de tal manera “que no se quiera ni se piense nada contrario al amor divino” (II-II, 24, 8, c).